El 2013 fue conocido como el año de la Fe, promulgado por el Papa Benedicto XVI. En ese contexto, la Conferencia Episcopal de Colombia, consideró importante crear un espacio para que los sacerdotes participaran de un campeonato de fútbol que les permitiera encontrarse para jugar.  Sí, jugar mucho y con la misma alegría y la transparencia que caracteriza a los chicos que ejercitan su cuerpo y su mente con el deporte.

Se trataba de un encuentro entre hermanos en el que, con la bendición de su obispo y la voz de ánimo de sus fieles, se regalaran un tiempo para ir a un lugar a parte como dice el evangelio: a descansar. Así lo manifestaba el señor Cardenal Rubén Salazar en su primer saludo ofrecido a los padres participantes de la primera Copa de la Fe: “Son sacerdotes que están haciendo un trabajo fuerte en cada uno de sus sitios, en cada una de las misiones que la Iglesia les ha encomendado. Por tanto, merecen un espacio de esparcimiento en medio de esta tarea, espacio que es ofrecido por la Copa de la Fe.”

En ese sentido, el deporte cae muy bien al sacerdote. Ya el concilio vaticano II en  la Gaudium et Spes afirmaba: “Empléense los descansos oportunamente para distracción del ánimo y para consolidar la salud del espíritu y del cuerpo, ya sea entregándose a actividades o a estudios libres, ya a viajes por otras regiones (turismo), con los que se afina el espíritu y los hombres se enriquecen con el mutuo conocimiento; ya con ejercicios y manifestaciones deportivas, que ayudan a conservar el equilibrio espiritual, incluso en la comunidad, y a establecer relaciones fraternas entre los hombres de todas las clases, naciones y razas”( GS 61).

La primera versión de la Copa de la FE, 2013, reunió 11 Jurisdicciones Eclesiásticas, contó con el saque de honor del señor Cardenal Rubén Salazar Gómez, arzobispo de Bogotá, del Nuncio Apostólico, Monseñor Ettore Balestrero y del Secretario General de la CEC,  Monseñor José Daniel Falla Robles.

Se hizo necesario organizar un equipo de la solidaridad conformado por jugadores que cada uno de los equipos ofreció para completar el número par. Más allá de las goleadas recibidas, el equipo de la solidaridad no sólo permitió que todos los demás pudieran jugar, sino que se divirtieron y disfrutaron sabiendo que, por encima de la ambición a un título, estaba la alegría  de sus hermanos.